sábado, 31 de octubre de 2015

CUENTO DE HALLOWEEN: EL ESPANTAPAJAROS de Claudio E. Pompilio Quevedo



CUENTO DE HALLOWEEN:



Por. Claudio E. Pompilio Quevedo @cepq
Fotos. Internet

Dedicado a mis padres
A mis hermanas y sobrinos.
Y a todos mis amigos que, a pesar de la edad, continúan siendo niños.


31 de Octubre de 1886

La noche presagiaba tormenta. El fuerte olor a humedad podía percibirse por doquier y el frío ambiental hacía rechinar los huesos de los desprevenidos que no se había echado a la espalda un buen abrigo o cobijado bajo el agradable calorcillo de un edredón bien cebado con suaves plumas.

En la pequeña villa, a esa hora de la tarde, pocas son las casas iluminadas ya que la llegada del otoño hace que sus habitantes se retiren más temprano que de costumbre, y aburridos, más que cansados, prefieren el calor del lecho, a un momento de conversación o reunión familiar.

En Shady Town sus moradores son gentes sencillas. La mayoría labriegos sin educación, llenos de arcaicas supersticiones que les hace blanco fácil para el miedo y la superchería. Por ello, desde los más lejanos tiempos, desde la época de los primeros pobladores se habla sobre extrañas criaturas sedientas de sangre que deambulan por los sembradíos, campos y bosques, en las frías noches de otoño. Seres infernales que aseguran, solo con el poder de sus miradas, hielan la sangre y fracturan la cordura del más recio de los hombres.

Comunes son los relatos de brujas, gnomos y hadas malignas que trabajan para “el que no se debe nombrar”, solo con el fin de ganar adeptos a su causa, convirtiéndoles en esclavos sin voluntad que “según cuentan los más ancianos” nunca más son vistos bajo el relumbrante sol. 

En Shady Town cada familia tiene un oscuro secreto, un misterio oculto, un pecado del que no se habla y que todos fingen no recordar o desconocer, hasta la noche final del décimo mes del año, cuando todo lo mágico puede ocurrir, cuando las brujas celebran Walpurgis.

A las afueras del villorrio. Construida en medio de frondosos jardines y rodeada de sembradíos y espesos bosques, se erige la imponente Black Abbey, ancestral mansión de la poderosa familia Mc Gregor, el clan más antiguo de la región. Amos de la mayoría de las vidas de la pequeña aldea que alguna vez fundaran sus ancestros.



Entre sólidos muros, coloridos vitrales franceses, descomunales hogares de mármol pulido en los que se podría cocinar un toro y espléndido mobiliario, digno del más opulento palacio Europeo, viven los pequeños del clan: Chris, Peter y Tom, los chicos más revoltosos y fantasiosos de la comarca.

De la nueva camada Mc Gregor, destaca Tom, el ultigenito; un sagal de 10 años recién cumplidos. Inquieto muchacho de rostro alabastrino, sonrosadas mejillas cubiertas de pecas, nariz aguileña, profundos ojos azules y rebelde melena encendida que da a su aspecto un inconfundible aire de pilluelo.

Tom es un niño definitivamente especial. Un chico efervescente que siempre se hace sentir y al que la curiosidad le lleva a realizar inquietantes preguntas y emprender (según él) sorprendentes aventuras.

Sus compungidos preceptores pasan trabajo tratando de calmarle, hacer que obedezca las reglas establecidas y acatar los mandatos de sus mayores, porque para el rapazuelo, lo más importante es, no permanecer quieto ni un segundo. 

A sus cortos años Tom es capaz de hacer y decir lo que otros, más grandes en tamaño y edad, son incapaces. 

Tiene una memoria prodigiosa que sabe utilizar a su placer y una imaginación tan fértil y tan vívida, que algunas veces cree que sus historias fabulosas forman parte de la realidad.

Intranquilo al punto de ser diagnosticado por los médicos como un caso hiperquinético, ama contar historias de fantasmas, muertos y aparecidos que son el terror de sus hermanos, a los que les parece tan convincente, que en más de una ocasión, les ha robado algún que otro grito de terror, especialmente en la noche del Walpurgis.

Escalofriante respuesta que usualmente le hace soltar una sonora carcajada, aún más, al ver a los despavoridos, temblar de pavor,  tras escuchar los macabros relatos sobre la sombra que se pasea entre los algodonales y maizales cada noche de brujas.

-Cuentos de esclavos- protestan los muchachos.

-Nada de eso- responde el narrador- es testimonio jurado del viejo John, que lo vio arrastrando sus pasos por la parcela cercana a la gran piedra del río.

-Entonces... si es una historia real, vamos a investigar- propone Chris con aire de valiente explorador.

-Iremos?- pregunta el medianero Peter con los ojos desorbitados.

-Iremos!- concluye Tom con contundencia, mirando directo a los ojos de sus hermanos.

Es así como el trío abandona la mansión y se dirige con paso veloz hacia una gran parcela de la zona norte, sembrada con plantas de algodón y maíz.

Casi a oscuras tratan de advertir algún eco. Afinan el oído para reconocer cualquier sonido fuera de lo común, pero a las 6:30 de la tarde lo único que perciben es el fuerte silbido del gélido viento otoñal que mece las ramas secas de algodones y maizales.

-Peter, escuchas algo?-

-Sí!, algo- responde el muchacho.

-Que escuchas?- pregunta Tom, abriendo los ojos con profundo asombro y esperando una respuesta que anime la espera.

-Al viento que sopla y mueve las siembras-

-No! Estúpido. Eso no. No oyes como si algo pesado se moviera entre los sembradíos-

-No. Nada. Solo el viento-

-Y tu…Chris?-

-Nada- responde el hermano mayor.

-Entonces esta es una misión perdida- masculla Tom, enojado por el fracaso de su aventura. –Regresemos a casa, no hacemos nada aquí. Seguro que al llegar nos ganamos una buena reprimenda por salir solos a esta hora-

Decepcionados y en fila india, el grupete emprende el regreso a su hogar, alumbrando el estrecho camino con la exigua luz que desprende la pequeña vela colocada dentro de un pesado candil de bronce.

Cayados y contrariados caminan rumiando el adverso resultado de su empresa hasta advertir una voz estertórea que les hace detener los pasos.

-Que fue eso?- pregunta el asustadizo Peter, quién da un salto, tirando al suelo el candil, para abrazar con fuerza el costado de su hermano mayor que tiembla como una hoja.

-Fue como un quejido- responde Chris con voz entrecortada.

-Callen y escuchen- ordena Tom que ha perdido el color de la mejillas. –Es como si algo se abre paso entre las plantas. 

-Vámonos ya!- suplica Peter tirando de las mangas del saco de su hermano. –Tengo miedo. Quiero irme a casa. No me gusta estar aquí-   

-Peter... No seas cobarde. Vinimos a investigar y saber si es verdad la historia del viejo Jhon-

-Pero yo no quiero…- interrumpe el chiquillo impidiendo que su hermano menor culmine su argumento.

-Ya no podemos arrepentirnos. No es verdad Chris? O es que tú también te mueres de miedo?-

-Ante la capciosa pregunta de su hermanito, Chris traga saliva y fingiendo el valor que no tiene, da un par de golpes con su gorra al pequeño miedoso, antes de ordenar que guarde silencio para continuar con la aventura.

Tom sonríe satisfecho y hace signo de guardar silencio para tratar de captar los sonidos de la noche. 

Zaz, zaz, zaz... se deja escuchar cada vez más cerca.

De repente, una espesa nube de murciélagos revolotean agitados sobre las cabezas de los muchachos que no dudan en gritar, protegerse con las manos y salir corriendo despavoridos.

Chris y Peter se abren paso entre las plantas que les hieren en el rostro, los brazos y las piernas.

Boom! Resuena frente a ellos, cuando algo pesado cae bloqueando el camino, obligándolos a detener su huida y abrazarse aterrados buscando protección mutua.

-Corran, corran… - se escucha de improviso, cuando Tom logra alcanzarlos.

Haciéndoles reaccionar, los hermanos reanudan la carrera, solo para ser detenidos nuevamente, cuando caen en tierra, abatidos por una pesada descarga de ramas, barro y troncos secos, arrancados de raíz, que sobre ellos forman una especie de pira desordenada.

-Nooo, nooo!- escuchan aterrados.

Los hermanos mayores se abrazan y lloran, mientras Tom, decidido a saber lo que ocurre, con gran esfuerzo logra despejar algunos desechos hasta abrir un boquete por donde mirar.

Truenos y relámpagos dan paso a la más feroz de las tormentas. El agua que cae del cielo encapotado se cuela a raudales entre las ramas muertas, confundiéndose con las lágrimas de los chicos.

De pronto, Tom se estremece por el escalofrío que le recorre la espalda al percibir la sombra de una enorme figura, que forzadamente camina encorvado, con una antorcha encendida.



No se necesita ser muy inteligente para saber lo que sucederá. 

-Nos quemará vivos!- deja escapar el pilluelo que cierra los ojos para imaginar que nada de lo que ocurre es real, hasta que una enorme mano, deforme, destrozada y ensangrentada, atraviesa el techo de la improvisada prisión y con fuerza se aferra a la cintura del temeroso Peter que grita descontrolado, mientras Chris permanece paralizado ante la atroz visión.

Viendo como el espectro trata de sacar a su hermano, Tom abofetea a Chris para hacerle reaccionar, y juntos tiran del muchacho aferrándose con fuerza a sus enjutas piernas.

Con el forcejeo la pira se deshace y finalmente puede ver la terrible faz de aquel que les ataca y lucha por hacerse dueño de Peter.

Ni en su más afiebrada imaginación Tom podría haber imaginado una visión más espantosa.

La sombra es un gigantesco semi humano con el rostro cubierto de cicatrices sangrantes. Sus largos y fuertes, brazos cruzados de heridas, terminan en deformes manos de largos dedos con sucias uñas, afiladas como garras. La ropa raída parece haber sido sacada de un olvidado ropavejero y el enorme y destartalado sombrero de paja, con más huecos que un colador. Pero lo más terrible y que congela la sangre, son sus terribles ojos sin sentimiento, de los cuales se desprenden llamas que iluminan los escasos dientes que se perciben dentro de la boca babeante. 

Repuestos de la impresión y en un último esfuerzo, casi sobre humano, los chicos logran arrebatar la presa del gigante, cuando Peter se resbala de sus manos.

-Corran, corran sin mirar atrás – grita Tom al tiempo que lanza peñones de lodo a la aparición nocturna que torpemente palmotea al aire tratando de esquivarlas.

Molesto por el feroz contra ataque, el gigante convulsiona y sus ojos se encienden de odio, centelleando con más fuerza al inclinarse para ver de cerca al diminuto Tom.

-No te temo. Yo no te temo. Atrápame si puedes!- vocifera el chaval, con los ojos llenos de lágrimas, mientras corre desesperado en sentido opuesto a sus hermanos.

En la turbulencia de la noche se escucha una especie de carcajada.

El espectro no se hace de rogar. Recoge la antorcha. La agita violentamente dibujando círculos en el aire y pesadamente va tras los pasos del pequeño desafiante.

Pero la huida a través del campo no es tarea fácil para Tom, ya que inundado por la lluvia se ha convertido en un espeso pantanal de donde comienzan a surgir alimañas que van enroscándose por sus piernas hasta hacerlo caer de bruces.

Allí, abatido, cubierto por oscuras víboras viscosas, con el rostro pegado al fango que penetra por su boca, es alcanzado por el monstruo que lo alza como si de una frágil rama se tratara.

Entre las garras de su depredador, el prisonero pierde la esperanza de escapar. Cierra los ojos. Coloca una de sus manos sobre el crucifijo de oro que cuelga de su cuello. Repasa mentalmente una oración que le enseño su madre y se abandona al terrible destino que le espera.

Sintiéndose el satisfecho poseedor de su presa, el monstruo alza a la pequeña víctima como un trofeo y produce un espantoso rugido.

Un relámpago deslumbrador le ilumina el rostro y Tom, que ha entreabierto los ojos, puede ver con horror como éste abre la boca para engullirlo.

Ante la negra visión de sus entrañas el mozo pierde el conocimiento, instantes después de arrojarle el pequeño crucifijo.

Horas más tarde, se escuchan por los campos las insistentes voces de sus hermanos y su madre que lo buscan desde las primeras horas de la mañana.



Maltrecho y adolorido, cubierto por una fina capa de rocío, cuyas minúsculas gotas le corren por las mejillas, lo encuentran desfallecido a la vera de un pequeño cercado que rodea un grueso tronco del que cuelga una enorme espantapájaros de triste mirada, cabeza de calabaza, ropas raídas y un desgastado sombrero de paja, en cuyo cuello desarticulado, pende el resplandeciente signo de la fe.

    Cuento perteneciente al libro: "Relatos de la noche de Halloween" de Claudio E. Pompilio Quevedo














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